Desmesura de bazar

¿Podrías dilucidar qué hay de común en una pila de tuercas usadas, una tienda de tatuajes en el acto, un corpiño importado y una caja de perros superpuestos hasta la asfixia?

Tienen precio. Y TODOS están a la venta jueves y domingos en la Feria 16 de Julio de El Alto de la Paz.

Emulando un par de lombrices dos hileras de personas giraban avanzando y en reversa por el largo de 600 metros en la base del teleférico de La Paz. Los que retiraban el ticket y los que esperaban el tour aéreo. Una vez adentro, pasada la parada del cementerio, la tambaleante caja roja me depositó al comienzo del mercado. Me habían hablado de él. “Abre a las cinco de la mañana pero no vayas a esa hora porque está lleno de ladrones”, no sé si se referían a que hay personas infiltradas robando entre los compradores o a los vendedores de partes de autos y de autos enteros a precios insólitos con supuestos escribanos y abogados que certifican la venta en el acto. Después de la prevención afirmaron: “hay de lo que busques”. Los números dan la razón, 50.000 puestos en 363 kilómetros cuadrados, lo llaman el mercado más grande de Latinoamérica.

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Carro con paneles de miel para la venta directa

La primera impresión me remitió a un parque de diversiones, las personas se trasladaban amontonadas en colas hacia todas las direcciones y a cada paso se hacía presente un vendedor de helados o refrescos. Sin ir muy lejos un altoparlante me devolvió al absurdo momento real: ¡diabetes, alzhéimer, cáncer… aquí tiene la cura absoluta! Una combi repleta de cajas blancas con imágenes de plantas y dos personas vestidas con delantal blanco vendían mentiras y me prohibieron terminantemente tomar una foto. ¿Cualquiera vende cualquier cosa? ¿El estado y la policía pueden ignorar tamaña proeza? El Alto de la Paz, según el censo de 2012, con 848.840 personas es la segunda ciudad más habitada de Bolivia, atrás de Santa Cruz y delante de La Paz; y además es la ciudad de los linchamientos. Hace décadas el conglomerado crece con mayor proporción que los puestos de policía, los robos se empezaron a hacer presentes por lo que los vecinos decidieron patrullar a pie las calles y hacer justicia por mano propia. No hay registros estatales, el único dato lo produjo el sociólogo boliviano Juan Yhonny Mollericona, contó, entre el 2001 y el primer semestre de 2008, 88 intentos de linchamiento de los cuales nueve terminaron en muerte.

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El puesto que llamó primero mi atención fue uno en el suelo que acumulaban partes de cosas indescifrables, no pude entender qué ofrecía, simplemente parecía un desarmadero en miniatura sobre una tela blanca; al lado se vendía tijeras y herramientas de carpintería en cajas importadas predicando precios irreales, junto a un puesto que exhibía trajes de camuflaje colgados con bolsas de dormir y zapatillas de alta montaña. A unos doscientos o trecientos metros encontré los puestos de ropa, compré una camisola india a 1 boliviano (0,20 centavos de dólar), un pulóver a 3 bs. y una botella de Pony que me vendieron por cerveza pero resultó ser malta sin alcohol. La ropa se vende de a montañas, usada o nueva a precios tan convenientes que se la llevan para revender hasta el extremo sur de América: la Salada argentina.

La versatilidad de ofertas y la cantidad resultan pasmosos, prácticamente lo ocupan todo, de buena gana y haciendo esfuerzo uno puede encontrar espacio para caminar o comprar. Caminar o comprar. Podía estar mirando un plasma enorme dar un paso y verme inmersa en un puesto de comida tendido con toldos desmontables y sillas plásticas apilables en medio del predio. Ignoro sus contornos, investigué sus largos corredores de ventas hasta el cansancio sin embargo la única vez que llegué al final de una cuadra estuve en una cortada, un negocio de frutas junto a uno de zapatillas al frente me obligaron a dar la vuelta manzana. Tuve que saltar una calle entera de baches y pozos para husmear una torre de zapatos donde vi unas ojotas a rayas que no daban en mi talle, a la vuelta de la manzana había casas con las puertas abiertas exponiendo asientos, motores y llantas entre otros elementos de autos. Eso en la parte trasera de la feria, adelante, a la vista de todos, estaban los autos enteros con cifras cortas escritas en pintura blanca sobre el parabrisas.

Después de tanto ajetreo me propuse almorzar reposando en un lugar tranquilo, pero en el Alto, la feria más alta, extensa, visitada y variada de Sudamérica lo único que no se puede encontrar es lugar libre. No encontré una plaza, ni un banco, ni una esquina, ni un cordón libre. Apenas pude acomodarme en una iglesia, adentro, en un cantero; enfrente, separados por un alambre que los alineaba del lado de la vereda, en medio de un campo minado de comerciantes, un grupo de niños intentaban llevar adelante lo que parecía ser una clase de catequesis.

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