Escuela en la selva venezolana

Corrían nueve días de Octubre del 2015, la escuela primaria del Delta venezolano, a la vieja usanza, disponía sus puertas abiertas.

Es la historia de una espera. Transcurrieron diez días de soledad en la pequeña aula; el grupo de casi veinte niños guaraos de la zona que acuden en una lacha solidaria esperaban en sus casas, aquellas que se mimetizan en la espesura de las ramas, ripícolas construcciones a base de hoja de palma y madera silvestre.

La enseñanza primaria, fuente principal de transmisión del idioma español, juega su destino en la suerte que el único maestro designado por el estado tenga para viajar las horas en río que lo separan desde su hogar en la lindante ciudad de Tucupita. El tiempo es perezoso. Los días discurren en la quietud. De vez en cuando veo una canoa de gruesa madera rasgar el rio, por un momento las aguas se parten en dos hasta reunirse nuevamente al unísono con la marea; ha navegado frente a la escuela un alumno.

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